Un año de la tragedia del Chapecoense: 71 muertos y ningún culpable

Varias veces se cambió de asiento Rafael Henzel, el único periodista que sobrevivió al accidente del avión que llevaba al Chapecoense. Primero estuvo en la parte de delante, después buscó una ventanilla un poco más atrás y, media hora antes de caer la aeronave, se sentó con unos compañeros de trabajo al fondo del avión. Henzel quería pasillo, pero su colega le dijo que no le dejaba ese lugar porque era el asiento en el que había estado Messi la semana anterior cuando viajó con Argentina. Entre risas, Henzel aceptó quedarse en medio. «No sé si eso fue la clave, pero el hecho de seguir vivo es un milagro», dice en Vivir como si estuviéramos de partida, el libro que publicó siete meses después del accidente.

El avión LMI 2933 de la compañía boliviana Lamia cayó sobre Cerro Gordo, cerca del aeropuerto de Medellín (Colombia). El milagro del Chapecoense, un equipo modesto de Santa Catarina (al sur de Brasil) que iba a jugar por primera vez la final de la Copa Sudamericana contra el Atlético Nacional de Colombia, convirtió su hazaña en una de las mayores tragedias deportivas de la historia: de los 77 pasajeros (46 jugadores y empleados, 21 periodistas y 10 miembros de la tripulación) apenas seis sobrevivieron (tres futbolistas, dos tripulantes y Henzel).

«Se apagaron las luces y escuché como el motor de las turbinas dejaba de funcionar, como cuando se apaga un coche», cuenta Henzel. Ni gritos, ni avisos de alarma. El piloto dijo que se quedaban sin combustible y la aeronave se desplomó. La siguiente imagen que recuerda el periodista son árboles a su alrededor y a cada lado del asiento sus amigos muertos.

Un año después de la tragedia las investigaciones siguen abiertas y la responsabilidad pasa de mano en mano como las ilegalidades que se sucedieron aquel día. El avión viajó de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) a Medellín con el combustible justo para la duración del vuelo, cuando las normativas aéreas exigen que carguen el doble en el depósito para situaciones de emergencia. El seguro de la compañía boliviana Lamia estaba caducado, por lo que no podía volar. Pero ni los dos controladores aéreos, ni el jefe de la Dirección General de Aeronáutica boliviana -al tanto de los problemas-, ni el piloto -también dueño de Lamia- se preocuparon por esos detalles.

Una indemnización que no llega

«No tenemos a quién reclamar», nos dice con un hilo de voz Mara de Paiva, viuda del comentarista deportivo de Fox Sports, Mario Sergio Pontes de Paiva, y vicepresidenta de la Asociación de Víctimas de Familiares del Vuelo del Chapecoense (AFAV-C). Tres países involucrados (Brasil, Bolivia y Colombia) con sus respectivas burocracias y una compañía aérea sin sus dueños -uno fallecido en el accidente y el otro en paradero desconocido- han puesto difícil a los abogados de las víctimas conseguir una indemnización que no llega. Como tampoco llegaron muchas de las pertenencias de los fallecidos: «De mi marido recibí su móvil y su cartera vacía, saquearon a los cadáveres pero luego se fingía una falsa imagen de solidaridad», le dice a EL MUNDO, Mara de Paiva, que aún sueña con ponerse el anillo de matrimonio que llevaba su pareja.

Las familias de los 19 jugadores recibieron el equivalente a 28 salarios de cada fallecido gracias a un seguro de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) y a otro del Chapecoense, pero el resto del personal no estaba asegurado y no recibió nada: «Tenemos a 200 familiares que se han visto sin la única fuente de renta que tenían. No ganaban mucho, pero se hacían cargo de mujer, hijos y, a veces, de sus padres porque son familias muy humildes», explica Mara.

Si AFAV-C se encarga de luchar por una indemnización justa para las familias, la asociación ABRAVIC, gracias a donaciones privadas, busca asistencia social inmediata. Ayudan a 40 familias con 200 euros al mes para cubrir la escolaridad de cada menor. También ofrecen ayuda psicológica y, en casos extremos, han conseguido que empresarios paguen el alquiler del hogar de alguna de las viudas.

El Chapecoense firmó hace un mes con ABRAVIC un contrato por el que donará durante un año 8.500 euros mensuales para que se distribuyan entre los familiares: «Es una limosna en relación a lo que merecemos», dice Mara, que se queja de que ningún periodista la ha llamado para saber cómo se encontraba, ni políticos -salvo el senador y ex futbolista Romario- ni nadie del club: «Estamos solos y me rompe el corazón escuchar a hijos que dicen que quieren morirse para encontrarse con sus padres. Ver a madres que no han conseguido levantarse de la cama en el último año. Y abuelos que ya no tienen dinero para su medicación. Además de quitarnos lo que más queríamos, nos han arrebatado nuestra dignidad».

Cortesía: El Mundo.es

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