Viajé a Puerto Príncipe poco después del terremoto. El hambre era tan brutal que la gente amasaba arcilla, agua y sal para calmar el estómago.
En medio de ese desastre, el verdadero heroísmo no tuvo reflectores mundiales. Encontré a la hermana Gloria Inés, una monja colombiana que levantó escuelas y hospitales de las ruinas.
Al presenciar esa grandeza, les pregunto: ¿Por qué el mundo sigue empeñado en cobrarnos los errores del pasado en lugar de reconocer el inmenso tamaño de nuestro corazón?
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